Sin luz, las plantas no producían el misterioso gas que sostenía la vida.
De esta manera, Ingenhousz reveló la conexión entre el sol, las plantas y la atmósfera: la luz era la chispa que activaba el mecanismo de la naturaleza.
De esas pruebas aparentemente simples —una vela, un ratón y una ramita de menta— nació la comprensión moderna de la fotosíntesis, el proceso mediante el cual las plantas transforman la energía solar, el agua y el dióxido de carbono en oxígeno y alimento.
Priestley e Ingenhousz, sin proponérselo, revelaron una de las verdades más profundas del planeta: las plantas son las verdaderas arquitectas de la vida.
Gracias a ellas respiramos, vivimos y existimos. En silencio, día tras día, convierten la luz en aire y el aire en esperanza.
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