En 1774, el químico inglés Joseph Priestley realizó un experimento…

Sin luz, las plantas no producían el misterioso gas que sostenía la vida.

De esta manera, Ingenhousz reveló la conexión entre el sol, las plantas y la atmósfera: la luz era la chispa que activaba el mecanismo de la naturaleza.

De esas pruebas aparentemente simples —una vela, un ratón y una ramita de menta— nació la comprensión moderna de la fotosíntesis, el proceso mediante el cual las plantas transforman la energía solar, el agua y el dióxido de carbono en oxígeno y alimento.

Priestley e Ingenhousz, sin proponérselo, revelaron una de las verdades más profundas del planeta: las plantas son las verdaderas arquitectas de la vida.

Gracias a ellas respiramos, vivimos y existimos. En silencio, día tras día, convierten la luz en aire y el aire en esperanza.

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