Los niños, Sebastián, el amor imposible, la oferta de Patricia, su decisión de irse. Elena escuchó sin interrumpir. Cuando Valeria terminó, preguntó, “Él te ama.” Eso dice. No lo sientes en tu corazón, en tus huesos, lo sabes. Valeria cerró los ojos. Sí. Y tú lo amas tanto que duele. Entonces, ¿por qué estás aquí? Porque el amor no es suficiente, mamá. Nuestros mundos son demasiado diferentes. Elena tomó las manos de su hija. Cuando conocí a tu padre, mi familia me dijo que era un error.
Él era albañil. Yo era hija de comerciantes. No teníamos nada en común, excepto que nos amábamos como locos. Sonríó con nostalgia. Me dieron a elegir, él o ellos. Él. Y elegiste a papá, sin dudarlo. Y tuve 30 años maravillosos antes de que Dios se lo llevara. ¿Fue difícil? Sí, hubo gente que nos juzgó siempre. Me arrepiento, ni un solo día. Pero ustedes eran de la misma clase. Eso es una excusa y lo sabes. Elena apretó sus manos.
Tienes miedo, no del mundo. Tienes miedo de que si te entregas completamente y él te falla, no sobrevivas el dolor. Valeria sintió que algo se rompía en su pecho porque su madre tenía razón. ¿Y si no soy suficiente para él? Mija, si ese hombre no ve que eres más que suficiente, entonces él no merece tu amor. Pero por lo que me cuentas, él sí lo ve. Su familia nunca me aceptará. Quizás no. Pero la pregunta no es si ellos te aceptan, es si tú puedes vivir el resto de tu vida preguntándote qué hubiera pasado si hubieras sido valiente.
Las palabras se hundieron en Valeria como anclas. De regreso en la mansión Montalvo, el caos reinaba. Diego no había salido de su cuarto. Mateo había roto tres platos en un ataque de furia. Santiago lloraba sin parar. Señora Ortiz llamó a Sebastián mientras él seguía en casa de su madre. Señor, los niños necesito que venga. No puedo calmarlos. Sebastián y Patricia llegaron juntos a la mansión. Los gritos de Mateo los recibieron desde la entrada. Odio este lugar. Odio todo.
Sebastián subió las escaleras corriendo. Encontró a Mateo destruyendo su habitación mientras Rosa trataba inútilmente de detenerlo. Mateo, para. No, todos mienten. Valeria dijo que no se iba y se fue como mamá. Patricia observaba desde la puerta su rostro descompuesto. Sebastián abrazó a Mateo, quien luchó contra él antes de colapsar en soyosos. Lo sé, hijo, lo sé. Diego apareció en el pasillo. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Va a regresar. Yo, mentira. Diego gritó. Nadie regresa nunca. Todos nos dejan porque somos malos.
No son malos. La voz de Patricia sonó desde la puerta. Todos se voltearon. Patricia entró a la habitación con pasos lentos. Se arrodilló frente a Diego. Ustedes no son malos. Yo sí lo fui. ¿Qué? susurró Diego. Yo hice que Valeria se fuera y lo hice porque porque tenía miedo admitió ella con voz temblorosa. Miedo de que su papá sufriera, miedo de lo que diría la gente. Pero me equivoqué. Santiago salió de su habitación arrastrando su cobija. ¿Puedes traerla de vuelta?
No lo sé, cariño, pero voy a intentarlo. ¿Cómo? preguntó Mateo. Patricia miró a su hijo. Tu papá va a ir a buscarla y va a luchar por ella hasta que entienda que es amada. Los tres niños miraron a Sebastián con ojos llenos de esperanza desesperada. De verdad, papá. Sebastián asintió su determinación solidificándose. De verdad, y no voy solo. ¿Qué quieres decir?, preguntó Diego. Ustedes vienen conmigo. Valeria los ama tanto como yo y necesita ver que somos una familia.
que la necesitamos todos. Vamos a ir a Puebla. Santiago se iluminó. Ahora mismo. Sí, gritaron los tres. Patricia se puso de pie. Yo también voy. Sebastián la miró sorprendido. Madre, necesito disculparme con ella de rodillas si es necesario. Patricia sonrió con tristeza. Y necesito ver a la mujer que logró lo que yo nunca pude hacer que mi hijo volviera a sentir. Sebastián abrazó a su madre por primera vez en años. 30 minutos después, Cinco Montalvo estaban en el auto rumbo a Puebla.
Los niños iban vestidos en sus mejores ropas. Patricia llevaba un vestido sencillo, nada ostentoso. Sebastián manejaba con el corazón latiendo como tambor de guerra. ¿Y si nos dice que no?, preguntó Santiago desde el asiento trasero. Entonces le recordaremos que la fe no se trata de estar seguro, respondió Sebastián recordando las palabras que Valeria les había enseñado. Se trata de creer que podemos ser mejores. Diego tomó la mano de sus hermanos. Vamos a orar. Y ahí, en el auto rumbo a recuperar a la mujer que los había salvado a todos, cuatro voces rezaron por un milagro.
Patricia escuchaba en silencio lágrimas corriendo por sus mejillas. Por primera vez en su vida, ella también cerró los ojos y oró. Por favor, Dios, déjame enmendar lo que rompí. Puebla apareció ante ellos como un cuadro pintado de colores cálidos y techos de talavera. Sebastián nunca había estado ahí. En todos sus años de negocios viajando por el mundo, nunca había visitado la ciudad donde Valeria creció. “¿Dónde vive?”, preguntó Patricia desde el asiento del pasajero. No lo sé. Solo tengo la dirección de la parroquia en su expediente de trabajo.
Siguieron las direcciones del GPS hasta la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Era una iglesia modesta en un barrio de clase trabajadora, nada como las catedrales enormes del centro histórico. Sebastián estacionó con manos temblorosas. “Y si no está aquí, estará”, dijo Diego con certeza. Valeria siempre decía que cuando estaba triste hablaba con Dios. Tenía razón. Mientras cruzaban la plaza hacia la iglesia, Sebastián la vio a través de las puertas abiertas, arrodillada en una banca cerca del altar, con las manos juntas y la cabeza inclinada.
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