El millonario cruzó el umbral a medianoche y se quedó paralizado al ver a la señora de la limpieza dormida junto a sus gemelos.
Llegó la medianoche cuando Ethan Whitmore abrió de golpe la pesada puerta de roble de su mansión. Sus pasos resonaron en el mármol mientras se aflojaba la corbata, aún cargando con el peso de interminables reuniones, negociaciones y la constante presión de ser un hombre admirado por todos, y secretamente envidiado.
Pero esa noche algo no andaba bien.
No era el silencio habitual. Unos leves sonidos —respiraciones regulares, un suave zumbido y el ritmo constante de dos pequeños latidos— lo atrajeron hacia la sala. Frunció el ceño. Los gemelos deberían estar durmiendo arriba, en su habitación, bajo la atenta mirada de la niñera nocturna.
Con cautela, Ethan dio un paso al frente, sus zapatos lustrados hundiéndose en la alfombra. Y se quedó paralizado.
En el suelo, bajo la suave luz de una lámpara, yacía una joven con uniforme turquesa. Su cabeza descansaba sobre una toalla doblada, y sus largas pestañas rozaban sus mejillas mientras dormía profundamente. A su lado, acurrucados en suaves mantas, estaban sus dos hijos de seis meses —sus preciosos gemelos—, con sus manitas aferradas a sus brazos.
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