Ese objeto no había llegado allí por accidente. Había sido insertado maliciosamente y mantenido allí bajo la apariencia de cuidado. Cuando Lorena llegó del evento benéfico, todavía vestida de etiqueta y sonriente, no se encontró con su sumiso esposo, sino con la policía y un equipo forense. El gorro de lana que usaba para proteger a Leo fue incautado como el arma homicida. Los análisis revelaron que lo apretaba estratégicamente para presionar la aguja contra el nervio cada vez que quería simular una convulsión y mantener al niño drogado y a su esposo controlado.
La crueldad de su plan, impulsado por la codicia de heredar una fortuna sin la carga de un hijastro, quedó expuesta con toda su grotesca frialdad ante las autoridades. La caída de Lorena fue absoluta y sin fianza. Ante la evidencia física extraída del cuerpo del niño y el testimonio de María, su arrogancia se desmoronó en gritos histéricos mientras la esposaban. Fue acusada de intento de homicidio agravado y tortura infantil, delitos que la llevarían de las portadas de las revistas del corazón a una celda durante décadas.
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