Una joven negra gasta sus últimos ocho dólares para ayudar a un Ángel del Infierno; al día siguiente, cien motociclistas le dan un regalo que le cambia la vida.

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# "Ocho dólares y cien motores"

El aire nocturno en la Avenida Easton olía a gasolina y lluvia.
Sienna Clark estaba de pie bajo la luz parpadeante de una gasolinera destartalada, con ocho dólares arrugados en la mano —sus últimos ocho dólares—, mirando la máquina expendedora como si estuviera a punto de juzgarla.

Este dinero debía pagar el desayuno de su hija Maya al día siguiente. Pero cuando un trueno retumbó a lo lejos y el motor de una Harley tosió antes de apagarse, todo cambió.

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Un hombre yacía en el asfalto, con su enorme cuerpo temblando junto a una motocicleta cromada. Jadeó una vez, y luego otra vez, agarrándose el pecho con una mano.

—¡Hola! ¿Cómo estás? —gritó Sienna.

El empleado de la estación asomó la cabeza por la puerta, con un cigarrillo colgando de los labios.
"Déjelo en paz, señora. Es un Ángel del Infierno. No quiere problemas".

Pero Sienna no podía moverse. Vio el rostro del hombre: gris, sudoroso, con los labios azules. Se estaba muriendo. Y nadie iba a ayudarlo.

Miró los ocho dólares en la palma de la mano. Luego sus manos temblorosas.
Y echó a correr.

#1. La mujer que siempre estuvo ahí

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